jueves, 18 de agosto de 2011

Folclore misógino, veteranos sandinistas y playas

Era sábado, por lo que tocaba hacer turismo por la ciudad de León. La noche anterior había ido a ver La Gritería Chiquita en la Asunción, que explicaré más adelante, y después habíamos ido a ver Los Pitufos, sin comentarios. Así que quedé con Kenneth en el Museo de Mitos y Leyendas de León. El museo está dentro de la antigua cárcel XXI, una prisión donde la Guardia Nacional del dictador Somoza torturaba a sus presos políticos. Por ello, el museo combina de una forma un tanto incomprensible el folclore con la memoria histórica, el resultado no es muy coherente, pero tampoco creo que lo pensaran mucho. Las pilas de tortura, que se llenaban de sangre y cadáveres descuartizados para convencer un poco más a los torturados que no confesaban, están rotuladas como si se tratara de una pulpería más.

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Nada más entrar en una de las salas del museo, empieza el desfile de folclore nicaragüense, ilustrado en enormes figuras. Desde la Llorona, una india que quedó embarazada de un español que volvió a España y ella ahogó a su hijo en un lago; a la Chancha Bruja, mujer anciana que se convierte en chancha (cerda) y devora hombres; pasando por la Cegua, mujer solitaria, de caderas estrechas y delgada que viola a hombres y los deja aturdidos (a sort of succubus), el folclore nicaragüense tiene una visión bastante mala de las mujeres, lo que justifica una actitud social misógina (mujer sola, bruja, obviously). Detrás de todas esas figuras, se encuentran dibujos que ilustran la vida en la celda, pero quedan tapados por estas esculturas folclóricas de colores, ahí es donde la fusión queda en evidencia.


El Enano Cabezón y la Gigantona

El folclore nicaragüense incluye a David Bisbal sorprendentemente

Otros miembros del folclore nicaragüense son la Gigantona, una parodia de la española, mujer alta, chela (blanca), ojos zarcos (azules) y el Enano Cabezón, que supuestamente representa al nicaragüense, mucho más bajito que la gigantona, enamorado de ella, pero con una cabeza grande que representa su inteligencia (¿hola?). También vimos la figura de un cura que fundó un albergue para niños huérfanos, que ahora es el albergue de San Vicente Paul y ayudan a gente con problemas económicos (o sea, pobres para Nicaragua, imaginen). Tras pasar por una sala incomprensible, con un león de peluche encima de un cartel que conmemoraba el aniversario de la ciudad de León y cosas por el estilo, llegamos a la sala de la Muerte, donde estaba la cabalgata que recorre las calles dejando una vela negra en la ventana de los que tienen que morir. También salían otros personajes del folclore como el cura sin cabeza (decapitado por los españoles, of course) o una mujer con una teta enorme, que, cómo no, también ataca a los hombres. Con eso concluyó la visita al museo de Mitos y Leyenda.

Y pasamos al siguiente museo en la lista: El Museo de la Revolución. Este museo se encuentra en un antiguo palacio en una esquina del Parque Central, enfrente de la Catedral, es un edificio que podría estar perfectamente en La Habana, no sólo por lo que contiene, sino por su aspecto. Una vez dentro nos atendió uno de los veteranos sandinistas de la Revolución, llamado Juan, que nos fue contando la historia de Sandino, héroe revolucionario de principios de siglo XX, asesinado por los estadounidenses y traicionado por Somoza, posterior dictador de Nicaragua, bajo el amparo de los EEUU. Entonces nos relató la revolución sandinista de los años 70, donde él mismo había participado a la edad de 14 años, todo desde una perspectiva absolutamente imparcial, claro está, pues estábamos hablando con el corazón del Frente Sandinista de Liberación Nacional.



La liberación de León. Mi guía es el 1º por la izqda, con 14 años,
y abajo en el momento en que le dije que le iba a hacer
una foto con la bandera del FSLN


Simón revolucionario

Me dejó hacerme una foto con una especie de cohete de un solo uso utilizado en la revolución y nos enseñó algo de armamento, para después llevarnos a los pisos superiores. Las escaleras y las habitaciones de la planta superior resultaron ser encantadoramente decadentes, completamente vacías y viejas, pero pintadas con unos colores más típicos de un apartamento en Florida. Luego nos subió a la azotea del edificio, yo pensaba que sería una azotea tipo terraza, pero no, nos hizo andar por ese tejado hecho con láminas de zinc, como todos los tejados del país, y no parecía nada estable, pero el hombre iba confiado y yo le seguí. El hombre era muy simpático, pero empecé a dudar de sus capacidades intelectuales en el momento en que me señaló una muesca en la pared donde ponía JUAN y me dijo: “Este es mi nombre”. Yo no supe contestar, así que sonreí. Unas fotos del Che y poco más. Done.


Mantenimiento eficiente

Decadencia

Esa misma tarde, Jorge, primo de Kenneth, nos llevó en una camioneta Toyota hasta las Peñitas, en la playa de Poneloya, en la Costa Pacífica de Nicaragua. En una confusión por dónde íbamos a ir, acabamos adentrándonos un poco más allá de la primera línea de playa, y pude ver de nuevo la realidad de la Nicaragua rural, sumida en la pobreza. Pero volvimos a la playa, con mucho turista suelto, al borde del Océano Pacífico. La playa es una pequeña franja de arena, que da paso a un océano bravo, con olas enormes, rocas y fuertes corrientes, o sea que de Pacífico sólo tiene el nombre. Allí tomamos algo mientras observábamos el atardecer en el océano, un espectáculo precioso.


La playa de las Peñitas, en Poneloya

La zona rural de Poneloya

El atardecer en la playa


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