Llegar hasta Ometepe no parecía fácil, puesto que si el turismo en León es naciente, el de Ometepe es un cigoto. Pero tras llegar a la terminal de la UCA de Managua y ser acosados por taxistas desde antes de bajarnos del microbús, fuimos hasta el Mercado Roberto Huembes de Managua, que se parece más a una estación de autobuses europea, pero sólo en la base, pues la habitan cientos de vendedores ambulantes de todo tipo de cosas y la explotación infantil es demasiado descarada. A gritos nos llevaron hasta el autobús para Rivas, que resultó que iba hasta San Jorge y precisamente su última parada era el muelle de donde salía el ferry a Ometepe, así que por sorpresa nuestro viaje se había vuelto mucho más corto y sencillo. En unas horas estábamos montados en el ferry a Ometepe y pude contemplar por primera vez la grandeza de la isla.
Desde el muelle de San Jorge la Isla de Ometepe parecía la Tierra Prometida, una isla que parece existir sólo en paraísos de las islas de Indonesia, allí, dentro del lago (que parece un mar). La visión de semejante maravilla de la naturaleza me dejó atontado con una especie de síndrome de Stendhal, no podía creer la perfección de la isla. A medida que nos acercamos pudimos ver un poco la cima del Concepción, que permanece siempre nublada y el atardecer daba paso a la noche en la isla, momento en que llegamos al muelle de San José del Sur en la oscuridad más absoluta. Entonces preguntamos por el hotel y nos echamos a andar entre las penumbras, con algún punto de luz, una pulpería con una bombilla, una puerta de una casa encendida, el resto eran tinieblas. Menos mal que no había hecho el viaje solo, God Save Kenneth. Gracias a la amabilidad de una lugareña, conseguimos encontrar el camino al hotel, que era un sendero de campo sin iluminación, unos quinientos metros en la oscuridad, siguiendo una lucecita al fondo que era casi imperceptible. El espectáculo entonces comenzó, las luciérnagas llenaban los campos y en la negrura de la noche brillaban como luces de Navidad, yo no me lo podía creer. Por fin llegamos al Hotel Playa Santa Martha, que está al borde del lago y no había nadie, éramos los únicos clientes. Al registrarnos en el libro de huéspedes vi que los últimos habían estado hacía dos semanas, la temporada baja en Nicaragua es muy baja. Pero la ventaja fue que nos dieron la cabaña que estaba al borde del agua, menos mal que no hubo huracán, porque en la habitación de la cabaña se notaban las marcas de alguna inundación pasada.

Al día siguiente amanecimos y desayunamos junto al lago, con la vista del volcán Maderas sobre el Cocibolca, el típico desayuno nica: gallo pinto (arroz con frijoles), tajadas (plátano frito), queso y huevos revueltos con verduras. En el momento de pagar me dio mucha pena el empleado del hotel que nos dijo ‘¿Ya se van?’, porque probablemente tengan que vivir otras dos semanas de lo que nosotros gastamos allí. Y desanduvimos el camino para llegar por LA carretera hasta la Reserva Charco Verde.
El Charco Verde es un lago verde (Captain Obvious!) en donde habita un brujo legendario, Chico Largo, que convence a los incautos de que le vendan sus almas a cambio de algún deseo, pero Chico Largo puede castigarlos convirtiéndolos en animales. Vacas, cerdos o caballos que lloran como humanos, son personas convertidas en animales por Chico Largo. Para llegar allí tuvimos que meternos por un sendero angosto hasta ver el lago, dar una vuelta y observar los árboles que crecen dentro del pantano y entender el aspecto místico y hechicero del lugar.
La siguiente parada en la ruta era el Mirador del Diablo, un montículo desde el que se pueden observar los dos volcanes. Al entrar nos encontramos con los dueños de un negocio de canopy que no parecían tener ganas de hacer negocio y ni nos ofrecieron el servicio, sino que nos indicaron la dirección hacia la cima. Un camino que desafiaba la gravedad llevaba hasta la cima, desde donde se veían los volcanes y la Isla de Quiste, y adonde llegamos sin respiro y empapados en sudor. Al bajar vimos claro que a la siguiente parada iríamos en EL autobús, que tardó en pasar y nos dejó en El Quino.
Desde El Quino anduvimos por una carretera rodeada de plantaciones de banano, camino del Ojo de Agua. En el camino nos encontramos una ermita antigua que parecía sacada del tiempo de las colonizaciones. Una vez llegamos a la entrada del Ojo de Agua, el empleado del lugar nos hizo una presentación muy bien actuada del lugar, un manantial formado por un brote de agua en la roca volcánica, un agua con propiedades minerales y medicinales que legendariamente tiene propiedades rejuvenecedoras (hasta 10 años más joven nos dijo el hombre), creían que era la Fuente de la Juventud (probablemente porque por aquel entonces nadie tenía duchas). La piscina natural llamaba a meterse dentro, así que en calzoncillos me bañé en las aguas con esperanza de que no me rejuveneciera diez años y saliera convertido en un niño. El suelo de la piscina era piedra volcánica y el agua estaba fresca, fue una delicia después de horas de andar bajo el sol.
Vistas desde nuestra mesa
El siguiente destino era la Playa Santo Domingo, en la parte este de la isla. Debido a que ahora es ‘invierno’ en Nicaragua, las lluvias hacen que el nivel del agua del lago Cocibolca aumenten considerablemente y las playas se vean reducidas a estrechos tramos de arena negra. Allí encontramos un buen restaurante al borde del lago y el camarero nos dijo que la comida se retrasaría unos 25 minutos (eso es lo que se suele retrasar cuando la comida llega “a tiempo”, así que iba a tardar bastante), por lo que nos dimos un chapuzón en las aguas del lago. Desde esta parte de la isla el lago parece un océano, puesto que no se ve tierra firme en el horizonte. Tras una comida decente, nos subimos en el bus hacia Altagracia, un bus en que había una mujer que tenía un ataque de epilepsia y tenían que llevarla al hospital, y el autobús seguía haciendo sus paradas tranquilamente. Llegamos hasta el centro de salud de Altagracia (pagado por la Cooperación de Japón) y el bus se detuvo en el parque central de la ciudad durante una media hora, el tiempo necesario para visitar la iglesia.
Altagracia era la capital indígena de la isla, puesto que está situada en la falda este del Concepción y está más protegida de las erupciones. Los españoles rápidamente se encargaron de cristianizar el lugar construyendo una iglesia que hoy se encuentra en estado de decadencia absoluta. Lo más interesante era ver las toscas imágenes cristianas del siglo XIX y salir al patio a ver donde se encuentran desterradas las estatuas de basalto de los indígenas. El conserje del lugar nos lo describió como que gracias a Dios que los españoles nos enseñaron las imágenes y el verdadero Dios, cuando lo que se hizo fue cambiar esas deidades de piedra, por deidades de piel blanca y vestidura europea, una transmutación de propiedades divinas, lo que explica el fervor cristiano en este país. Las estatuas representaban a soldados aguerridos, con animales como el jaguar, asociados a ellos, también estaba la diosa de la guerra, a la que se sacrificaba la muchacha más bella (para ello, subían a lo alto del volcán), y la diosa del fertilidad. Después, pudimos subir por las inestables y enanas escaleras hasta lo alto del campanario para ver el Concepción que en ese momento se despejó para nosotros.
En el autobús hasta Moyogalpa hablamos con unos turistas holandeses que se ilusionaron al coincidir en que al llegar a la isla ellos también habían pensado que les recordaba a la de LOST. Tras comentar temas culturales del país, se bajaron en su hotel y nosotros continuamos hasta Moyogalpa para llegar recién anochecidos. El hotel en que nos quedamos en Moyogalpa era el Hotel Escuela Teosintal, llevado por una cooperativa agrícola y financiado por los Países Bajos y las Islas Baleares, era la suficientemente limpio y cómodo pero de ventilación inexistente. Esa misma noche cenamos en el Indio Viejo, un local propiedad de una familia francesa de hippies viejos que estaba un poco desteñido, al día siguiente al desayunar en ese mismo sitio vimos al hombre y a la mujer, dos hippies de sesenta años, vestidos como si fueran veinteañeros, la viva imagen del idealismo. Tanto la cena como el desayuno fueron exquisitos, aunque sometidos a la tardanza nicaragüense, a la que estos franceses parecían haberse adaptado a la perfección, olvidando el estrés de la Madre Patria.
La vuelta transcurrió sin retrasos sorprendentemente, el autobús a Managua esperaba la llegada del ferry de Ometepe para salir. Saliendo de la isla tuve la sensación de que iba a volver a ese lugar. Salir de allí era el primer paso para salir de Nicaragua, es decir, viajar a Ometepe me parecía como haber viajado al corazón de Nicaragua, y salir de allí significaba empezar a despedirse de este país y de esta cultura, que tanto he criticado, pero que voy a echar mucho de menos.















