
jueves, 25 de agosto de 2011
Las Segundas Colonizaciones: Granada y el volcán Masaya
Transporte
Hay distintos tipos de autobuses (no hay tren, así que el autobús es el medio de transporte nicaragüense par excellence), primero tenemos los autobuses ordinarios, que vienen a ser Bluebirds (autobuses escolares estadounidenses) viejos, algunos más customizados que otros. Si estaban cansados de cargar con niñatos que los maltrataban, ser vendido a Nicaragua no significa retiro para el viejo Bluebird, sino un campo de trabajos forzados. En estos autobuses se carga de todo, se llena completamente (los asientos están movidos para poner más asientos y que entre más gente, mucha gente va de pie en el pasillo), hasta los techos se suben, como si fuera un tren pakistaní, todo un espectáculo. Eso es lo extremo, también hay ordinarios que se parecen más a autobuses regionales de los 80, pero también se llenan hasta arriba. El problema es que aparte de que el horario no se respeta (nada sorprendente por estas tierras), el autobús para donde el pasajero quiera, es decir, cada pasajero decide dónde se va parando el autobús, dentro de la ruta establecida (hay pocas carreteras principales, como cinco por todo el país, así que la ruta suele ser única). Hay dos encargados en cada autobús, el chófer que conduce y el otro, que se dedica a gritar el destino del bus, indicar las improvisadas paradas (aka frenazos) y cobrar el pasaje, que se paga al rato de subirse al bus. Lo sorprendente es que de la misma manera que se detiene cada vez que alguien quiere bajarse, en cuanto ve a una persona detenida en la carretera, el que se encarga de recoger el dinero grita el destino (¡¡¡Granadamasayagranada masayagranadamasayaaaaa!!!) y sube a más gente al autobús, más frenazos. Así es todo, sumamente informal.
Los otros autobuses son los expresos, que son microbuses, pero micro, micro, vamos, furgonetas con asientos. Son mucho más cómodos y muchos tienen aire acondicionado. Lo más importante es que van directos al destino y no van parando a gente cada dos por tres y pegando frenazos. Para ir a Managua viajamos en un expreso, son 93 km desde León a Managua, así que tardamos una hora y media en llegar a la UCA, terminal de autobuses de Managua. Un sitio en donde no puedes quedarte quieto mucho tiempo sin subirte a un autobús o que te asalten.
Managua tiene el atractivo turístico en la punta del pie. Al pasar con el autobús pensaba que eran las afueras, pero Kenneth me dijo que eso era el centro. Carretera y tiendas, unas galerías occidentales (obscenamente ricas e irreales para el país), el hotelito de los Hilton, el Crowne Plaza y muchos casinos. La culpa no la tiene nadie, sino el terremoto que redujo la ciudad a sus cimientos en los años 90. Ya saliendo de Managua, montados en un ordinario, pasamos por la “gran” carretera de Nicaragua y su mayor paso a nivel, que viene a ser un paso a nivel de la carretera de Extremadura, para que os hagáis una idea. La preciosa carretera está decorada con grandes no, enormes paneles publicitarios del presidente Daniel Ortega, aunque se suponía que la campaña empezaba el 20 de agosto, ya se sabe que las excepciones son la base del danielismo (sistema de gobierno autoritario de Nicaragua), pero de eso ya hablaré en otro momento. El trayecto Managua-Granada es bastante corto, así que a las 9 de la mañana ya estábamos en el Parque Central de Granada, frente a su Catedral.
Granada
La ciudad de Granada, la Gran Sultana, fue fundada en 1524 por Francisco Fernández de Córdoba (por eso las monedas de Nicaragua se llaman córdobas), lo que la convierte en una las ciudades más antiguas de las Indias, junto a Antigua en Guatemala. Su situación era estratégica, situada en un extremo del Lago Nicaragua se conecta a través del Río San Juan con el Mar Caribe. Esto también la convirtió en la favorita de los piratas ingleses y franceses, que se dedicaron a saquearla en numerosas ocasiones.

En la actualidad se encuentra muy centrada en el turismo, es una de las ciudades más visitadas, aunque es mucho más pequeña que León. Menos mal que fuimos un fin de semana y no unos seis días como yo tenía planeado, porque visitamos la ciudad en la mañana, y ya está. Después de pasar por el hotel, muy agradable y rústico (but in a good way), fuimos al Convento de San Francisco, con su preciosa fachada azul decadentemente ajada y desteñida. El convento tiene un museo con varias piezas indígenas, pero lo que más llamaba la atención eran las estatuas a deidades, encontradas en la isla Zapatera, cada una adoptaba características de la naturaleza, como animales autóctonos del país. Junto a las piezas indígenas había una sala con siniestros muñecos sin rasgos que se supone eran indios “divirtiéndose” en lo que venían a ser los parques de atracciones indígenas, que tenían lugar como celebraciones de la cosecha de maíz.
Completamos el paseo por la ciudad yendo hasta la antigua Fortaleza, que estaba cerrada por obras, así que nos acercamos a la fábrica de puros Doña Elba, donde nos enseñaron el proceso de elaboración del puro a partir de las hojas de tabaco ya tratadas, así que no había mucho misterio. Para comer nos acercamos a la calle La Calzada, que está regada de bares, cafeterías y restaurantes con terrazas para el deleite de los turistas, cosa que en León es inexistente. Habiendo visto lo principal de la ciudad y sabiendo que esta no iba a dar para más, invertimos la tarde en visitar Las Isletas.
Más abajo nos montamos en una lancha que nos llevó de paseo por entre las isletas, pasando por el Fortín de San Pablo hasta llega a la Isla de los Monos, lugar adonde un veterinario trajo varios monos de distintas especies, a saber con qué propósito. La verdad es que era surrealista ver semejantes mansiones en las Isletas, teniendo en cuenta la pobreza del país y volvía a dejarme claro el gran desequilibrio a nivel nacional. En un momento del paseo, la lancha se atascó en unas plantas flotantes, entonces mis preocupaciones se dividieron en: a) nos va a asaltar aquí, estamos solos en la lancha y él seguro que tiene un machete o algo; y b) está conduciendo la lancha por encima de plantas acuáticas, eso tiene que ser un delito ecológico. Al final resultó que simplemente estaba apartando las plantas para poder pasar. Un poco de confianza para con los nicas, por favor, Simón. Volvimos a tierra firme cuando estaba empezando a atardecer y justo a tiempo para ver pasar a una Gigantona que andaba hacia el centro de la ciudad y un niño que no se lo estaba pasando nada bien haciendo de Enano Cabezón.

Plaza de la Independencia en el centro de Granada
Tras buscar desesperadamente una librería que no existía (fui a Granada con la ingenua esperanza de comprar algún libro, mi guía me había hecho generarme expectativas), pasamos junto a una de las numerosas peluquerías, pero esta era distinta. Era un salón de belleza decorado con terribles imágenes de peluquería “moderna” de los 90, pero había un guiri cortándose el pelo y eso me dio algo de confianza. Así que entramos para que me cortaran el pelo. Y ahí estaba, semejante peluquera, era la Cher nica, con todo lo que esa comparación conlleva: pelo horrorosamente rizado, un trasero más grande que el Lago Nicaragua, un pantalón vaquero con glitter que intentaba aguantar la mercancía y el rostro de una mujer con experiencia. Cuando me sentó en la silla yo le advertí que en mi pelo hay tres remolinos, por lo que es complicado que me lo corten bien. Su respuesta fue: Para mí nada es complicado, no hay nada que no tenga solución, excepto una cosa, la muerte. Entonces Kenneth hizo la foto aquí presente, que no hizo más que enfadar a la peluquera, que no había tenido la oportunidad de posar para la fotografía, además que ella había quedado registrada como autora del delito si acaso las cosas no salían bien. Y con una serenidad increíble empezó a cortarme el pelo de la forma más tosca que jamás me lo han cortado, dejando el resultado más satisfactorio que jamás he obtenido en una peluquería. Y todo por C$40, no llega a los dos dólares.
Mi fantástica peluquera, Cher Nica
Una vez contento con mi nuevo look, fuimos a cenar al restaurante El Tercer Ojo, junto al Convento San Francisco. Un restaurante que, para hacer honor al nombre, está decorado al estilo tibetano-new age, pero con mucho encanto. Lo más bonito del restaurante eran las estanterías de libros, eso sí que lo echaba de menos, aunque sólo sea como ornamento. La carta era bastante internacional, había hasta gazpacho, y como Kenneth no lo había probado, lo pedí, con el temor de encontrarme con una sopa de tomate. Para mi sorpresa el gazpacho estaba más rico que el que hacen por tierras polacas, era un verdadero gazpacho andaluz. Continué mi viaje gastronómico y nostálgico con un pollo al curry que hubiera hecho las delicias de mi padre, y finalizamos con una crêpe rellena de Nutella (LA NUTELLA NO EXISTE EN NICARAGUA, Alexandra se moriría aquí, porque, sí, producen cacao, pero Suiza se lo lleva y luego el chocolate que se vende aquí ha sido procesado en Europa o USA y es carísimo, es decir, en el súper sólo venden chocolatinas, nada de tabletas de chocolate), me supo a gloria. Para completar la noche salimos a tomar unos margaritas y mojitos por la calle de los bares, que estaba muy agradable. El precio de los cócteles es sorprendente, el más caro cuesta tres dólares, pero un margarita o un mojito mucho más rico que en España (definitivamente el ron que bebemos en España es asqueroso comparando con Flor de Caña) cuesta C$ 50, poco más de dos dólares, ¡¡por menos de dos euros!! De repente comenzó la típica lluvia tropical, se abrió el cielo y empezó a caer la ducha constante, se fue la luz un rato, lo normal aquí. Al día siguiente, zanjamos la visita a Granada con un último paseo confirmando que ya estaba todo visto, hasta que nos subimos en el autobús para ir al volcán Masaya.
Para los indígenas el volcán era el hogar de una deidad hechicera a la que sacrificaban niños y doncellas para mantenerla contenta. Cuando los españoles llegaron y vieron el cráter del volcán, creyeron que se trataba de las puertas del infierno, por lo que el obispo Bobadilla ordenó que se erigiera una enorme cruz al borde del cráter, para evitar que Satán saliera, supongo que esto no hacía sino dar más sentido a su misión evangélica.
Tras un largo paseo llegamos al fin a la cruz de Bobadilla y entendimos la comparación, la piedra rojiza y el cráter humeante, que ahora estaba cubierto por un derrumbe, lo que no es muy buena señal; perfectamente podías imaginarte al demonio respirando debajo de esas rocas, esperando un descuido para salir. Lo gracioso es que el cráter está lleno de nidos de chocoyos (loros de un verde excesivo). En verdad el volcán que está en activo es el Nindiri, a su lado está el Masaya, que está durmiendo y cubierto de vegetación, lo que le da un aspecto mucho más pacífico, pero yo no me fiaría.
Yo viajando cómodamente a Managua
El viaje de vuelta se resolvió sin mayor problema, rodeados de propaganda danielista de carretera y unas cuantas paradas improvisadas, llegamos a Managua y de allí a León, a comer tranquilamente una pizza en Mediterráneo y descansar de la subida al volcán.






























































